Historia, Parte 2

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Las décadas de los 70 y 80

En los años 70 aumentó en mucho el número de las OSC, incluyendo los movimientos sociales más o menos organizados . (No estoy considerando los movimientos políticos.) Una de las razones de ese crecimiento fue la entrada de nuevos donantes en el Sur: más empresas del Norte que oyeron hablar del nuevo “El Dorado”: el aumento de los productos brutos y de los ingresos familiares. También, más fundaciones norteamericanas y europeas comenzaron a trabajar alli, porque querían ser más internacionales y porque tenían más campo en la Región que en otras partes. Las OSC de las Américas no durmieron la siesta. Nada más sentir el olor del dólar, los emprendedores sociales — de cualquier parte del mundo– inmediatamente se ponen a pensar en cómo ayudar  el que lo tiene a que lo suelte.

Dicho eso, la razón principal por la que el número de OSCs dio un salto hacia arriba en los años 70 fue la década de los 60. Es decir, tres movimientos comunitarios de los 60 reforzaron el impulso asociativo que forma parte de la naturaleza humana. El primero fue el movimiento hippie. Voy a simplificar, despojando por el momento a los hippies de cualquier teoría o acción política . Entonces se puede decir simplemente que ese movimiento era anti-autoritario: en contra de todo lo que viniera “desde arriba para abajo” y a favor de todo lo que fuera “desde abajo, desde la base”. Fue un movimiento que idealizó las pequeñas comunidades, las supuestamente autosuficientes, las que tienen “una escala humana”, las que abrazan más que la familia pero menos que una ciudad grande… y amor por todas partes. Pues, bien: ideales, ingenuidad, y alguna locura que otra. Pero el legado, a nuestro propósito, es lo comunitario del fenómeno de los hippies: esta persona es una desconocida, pero puede llegar a ser una compañera, incluso una amiga.

El segundo movimiento  mete la política en la mezcla: los movimientos de protesta en todo el Occidente, incluyendo América Latina. Inclusive cuando no se logró ningún cambio político, la escala y la distribución geográfica de las manifestaciones, denuncias y demandas, transmitidas en vivo por la televisión que era cada vez más ubicuita, inspiraron a muchas personas a unir sus esfuerzos para exigir cambios por parte de los que dominaban sobre ellos. Muchos ciudadanos formaron grupos para reclamar, con más o menos estrépito según el caso, los libros escolares para sus niños, el agua, el pavimento o la justicia que se les había prometido. Algunos que se hartaron de la falta de respuesta se hicieron revolucionarios.

El tercer movimiento tomó como bandera “la opción preferencial por los pobres” izada en esos años más alta que nunca por la Iglesia Católica. Durante siglos, el clero y los religiosos de América Latina—con el apoyo de miembros laicos y, a menudo, del estado—estuvieron a la vanguardia de la atención los pobres. Con nuevo esfuerzo en los años 60 y 70 Juan XXIII y Pablo VI exhortaron a la Iglesia en todo el mundo a no sólo administrar las parroquias, los hospitales y las escuelas fundadas por sus antepasados valientes, sino a salir de sus despachos y a evangelizar a los pueblos,  preocupándose no sólo de lo espiritual sino de lo material. (Tema cíclico: Francisco no es el primero.) Los sacerdotes diocesanos, los religiosos y las religiosas respondieron con entusiasmo, organizando “comunidades de base” para adorar, estudiar, y prestar servicios sociales y de desarrollo económico. Esas comunidades eran democráticas, las más de las veces. A menudo se enfrentaron con los gobiernos locales, provinciales o nacionales, exigiendo servicios y justicia por parte del gobierno. A veces abrazaron la “teología de la liberación”, que es marxista en el fondo, y algunos tomaron armas. La Iglesia rechazó esa ideología pero no la promoción de los pobres.

Como resultado de estos tres movimientos, que fueron amplificados por muchos nuevos televisores y teléfonos, fue que los ciudadanos se unieron en decenas de miles de nuevas OSC y éstas fueron calificadas como izquierdistas. Ya estaban las tradicionales fundaciones familiares que mantenían los orfanatos tradicionales y los teatros de ópera tradicionales y los comedores tradicionales y de repente ¡hippies! ¡malcontentos! ¡monjas comunistas!. ¡Financiados por fundaciones de Estados Unidos y hasta suecos! ¡Por no hablar de Cuba y Rusia! La inquietud de siempre acerca de esa sociedad civil floreciente se difundió de la gente que había tenido dinero a las que lo iban ganando. Debido a esos tres movimientos, la desconfianza de siempre por parte de los profesionales y demás adinerados creció. Además, las desigualdades de ingresos y de oportunidades iban estallando en grandes divisiones políticas, golpes militares e insurrecciones violentas. Si antes una persona tenía  una mala impresión del sector social, en la década de los 80  esa impresión se reforzó.

Aunque las muchas OSC que se opusieron a sus respectivos gobiernos no tuvieron la  posibilidad de establecer una personalidad jurídica, sin embargo muchas recibieron fondos extranjeros “por debajo de la mesa”. Las otras OSC tenían que soportar el largo itinerario de siempre dentro del laberinto de la burocracia desconfiada para finalmente convertirse en entidades legales. Hoy día, incluso para la más inocente de las asociaciones, en algunos países ese viaje dura más de un año.

No sólo las OSC opositoras dependían de las fundaciones y gobiernos extranjeros. Las que apoyaban su propio gobierno obtenían subvenciones y contratos estatales para prestar servicios al público. Los donativos del gran público seguían siendo escasos. Los 60 habían sido buenos para muchas familias, los 70 también (sobre todo los primeros años), los 80 eran malos para la mayoría, pero daba igual: dar a los no-familiares no era la costumbre ni en las buenas ni en las malas épocas. Si bien había algunos profesionales en la obtención de fondos que trabajaban tiempo completo por universidades, museos, etc, no existía una profesión per se: ningún libro, ningún curso, y sólo un puñado de consultores.[1]


[1] Ya a finales de los 60, Milton Murray, un reconocido recaudador EE.UU. nacido en Argentina, viajó a la región con frecuencia, tratando de empezar la profesión. Le llevaría décadas.

 

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